CRÓNICA DE UN ESCRITOR INEXPERTO.

“Usté escriba. Y corrija, luego de escribir”, “Lluvia de ideas”, “Determina un tema.” “En una hoja pon rápido todo lo que se te ocurra, sin discriminar, luego, jerarquiza las ideas”. “Redacta”. “Corrige”. “Imprime.” “Corrige sobre el papel.” “Vuelve a imprimir.” “Revisa ortografía, especialmente, y sintaxis, nunca está de más.” “Un reportero siempre escribe bajo presión.”

Rígidas las manos y con el pensamiento más vacío que de costumbre El escritor inexperto posa las manos sobre el teclado de la computadora… se dispone a escribir. Aunque sin éxito, comienza con enunciados. Los borra.

Piensa en todo menos en lo que pudiera escribir. Es inexperto.  Sirve un vaso con agua, piensa ahora en terminar de escribir una cuartilla antes de beber por completa el agua del vaso. Se termina el agua, pero la cuartilla no está escrita.

Es inexperto, y desesperado se apresura a seguir una serie de recomendaciones, piensa en un sinfín de temas, pero como buen escritor indisciplinado, se distrae del quehacer y regresa por otro vaso con agua.

Cerca de una hora ha pasado desde que este inexperto y ahora también indisciplinado personaje ha deseado concluir sus hojas pero sin éxito alguno. De repente el contexto de una plática ajena le hace recordar hazañas antes vividas. Se decide.

La mitad del líquido contenido en aquél vaso se ha agotado y con esto  el deseo por orinar se hace presente. Se levanta de la silla, se percata de un dolor en la espalda y cintura a causa de una mala postura. Es indisciplinado y un tanto mal hecho.

Distrae con los bigotes incipientes que puede observar en el espejo de esa fría casa, piensa en lo mal que se siente con el sombreado arriba del labio superior, a causa del fallido bigote. Siente el frío.

Piensa ahora, antes de jalar la palanca tras haber orinado, en el frío. ¿Sería el frío un distractor a su frustrado quehacer? Jala ahora sí la palanca.

Regresa a su lugar de trabajo, aunque trabajo todavía no exista de por medio, a sabiendas que no logra concretar línea alguna; pero ahora sí tiene ideas, lo que no tiene experiencia.

Sorbo tras sorbo, y ahora con unas cuantas palabras sobre aquél papel virtual proveniente de su computadora portátil, ha terminado nuevamente su agua.

Luego de tres vasos con agua bebidos, y otro más derramado sobre el mantel de la mesa que detiene la portátil, por fin el escritor inexperto ha escrito media cuartilla. Se detiene a corregir la ortografía, que por querer escribir rápidamente para no olvidar las ideas, es abundante. Muchos de ellos los llamados en el contexto taquimecanógrafo “errores de dedo”.

El estómago lleno de agua, como casi a punto de reventar, con ello la primer cuartilla es liberada. Por fin, el escritor inexperto ha logrado escribir una cuartilla, ahora cada vez más fluido, sirvió el consejo de la lluvia de ideas.

El frío cada vez más notorio, los ojos cada vez más cansados y enrojecidos, las manos tibias, aunque en la escritura ya un poco más condescendiente.  Sale la segunda cuartilla, se apresura el sujetillo a guardar, de forma igualmente digital, el escrito producto de una concentración un poco más disciplinada pues es tarde y ya no hay compañía a su alrededor.

Concentración. Pronto es consiente que es concentración lo que necesita. Por un momento, fallido por cierto, se da libertad para poner de fondo musical, y que acompañara su quehacer, una música en ritmos de Charles Mingus, pero se detiene luego de la cuarta cuartilla, observa entonces que de Charles Mingus el reproductor del itunes se sigue por tocar lo que en orden alfabético corresponde a Charlie Montana, y qué cambio tan brusco.

De un jazz bien estructurado, a la improvisación de una música aguardentosa comandada por el rockero urbano Montana.

Pausa la música, pronto termina la quinta cuartilla. Este escritor inexperto sabe que lo está logrando, es y será inexperto mientras no eduque sus manos a escribir uno: por voluntad, y dos: por convicción principalmente.

Es ya muy noche, el sueño en el escritor inexperto se comienza a notar más que antes, la boca se abre con marcada frecuencia, con ello lágrimas asoman de sus ojos; sigue sin entender por qué cuando bosteza se le escurren lágrimas que nublan sus ojos.

Entre lágrimas de sueño y cansancio, el escritor inexperto termina lo que ahora son ya siete cuartillas. ¿Sería necesario recurrir a la técnica de beber agua para mantenerse despierto? Lo intenta.

Con más de 4 vasos de agua, o quizás ya no tantos tomando en cuenta sus dos viajes al baño, es como el escritor inexperto se permite subir por una cobija pues piensa que el frío es causante de aquél dolor de espalda que lo acongoja y que en repetidas ocasiones le causa distracción.

Se propone cenar, lo hace. Por media hora, o quizás más, se olvida de la exigente  escritura a la que está orillado luego de saber que su calificación depende de este ejercicio de escribir. Repasa entonces la importancia del texto en que se encuentra trabajando, recuerda los plagios existentes en muchos rincones de las aulas a las que asiste con regularidad.

“Sale la ocho”- se dice.

Cada vez es menos lo que le falta, es inexperto pero lo está haciendo, ahora ya con más fluidez, y para estos momentos con una Chabela Vargas  de fondo.

El escritor inexperto regresa ya decidido a  terminar con este quehacer, y con esto posiblemente irse a dormir pues las doce con veinticinco de la mañana marca el reloj y el sueño como acto de magia, en cuanto miró el reloj el sueño se intensificó.

Ni el agua ni lo frío del clima, ni nada. Ya nada quita el sueño de ese cuerpo que como robot, silencioso y torpe, sigue escribiendo y afinando su texto.

Por fin, y después de lo que un mal e inexperto escritor o lejos de escritor, cualquier sujeto destinado a realizar una encomienda, tiene que pasar para hacer sus quehaceres es como termina la encomienda.

El contexto en que empezó no es el mismo del que terminó, la luz solar se vió remplazada por bombillas, el vaso de agua empezó lleno, y en repetidas ocasiones terminó vacío y luego otra vez lleno, y así sucesivamente, hasta que el estómago no soportó más.

La cobija que cubría del frío terminó en el suelo, luego de que esta se encontrara colgada de las piernas. La cena ya había hecho provecho. Los acompañantes estaban ahora dormidos y el sujeto atareado se dispuso entonces a seguir los mismos pasos que los acompañantes tomaron antes de verse interrumpida su interacción luego de que el escritor inexperto comenzara su labor.

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